Andate, no te necesito

Por Julián “Chula” Ruiz.

Primero de agosto. La cena ya se había servido pero nadie comió nada.

Por momentos se escuchó algún ruido en el pasillo pero todos se hicieron los boludos, nadie tenía qué sospechar. De a poco, uno a uno empezaron a tirar lo envases de comida para afuera, haciendo como si se tratara de una noche más.

Pidió un termo de agua caliente y se lo trajeron. Disimuladamente, abrió el pasaplatos bien hasta arriba para que vean que todo estaba en orden. Él y su rancho estaban donde debían estar.

Esquivando la orina qué salía del baño, estiró la pierna hasta llegar al inodoro y se sentó a rezarle al gauchito. Su rancho lo miró y sonrió.

– No tengas miedo, todo está bien pensado. Él siguió rezando.

Esperaron el ruido de los pasos en el pasillo y calcularon los diez minutos que cada asistente tiene de pasada en pasada.

– Deben ser las once, andate. Su rancho lo abrazó y le pidió que no llore.

– Cuidate, boludo. Mientras el otro terminaba de cortar la última reja.

Afuera se escuchó un golpe seco de algo que caía al pasto, era el de la 37 que ya estaba haciendo su parte. Lo siguió el de la 33 que salió con una campera deportiva y gorro de lana para combatir el frío.

Adentro, ellos se miraron de nuevo. Con las manos transpiradas se agarraron y se consolaron mutuamente.

Levantó despacio una mano y acarició la cara de quién hasta ahora duerme en su misma celda.

– Te voy a extrañar. Lo besa.

– Dale, no seas puto. Contesta el rancho.

– Es la última vez en mucho tiempo, despedite bien. Le pide él.

Con los labios temblando se acercó otra vez pero de nuevo encontró un rechazo.

– Afuera me espera la Angela, quiero hacer las cosas bien.

Mientras sus ojos se ponían colorados, estiró la reja y se acomodó para saltar. Volteó su cara de nuevo y, lagrimeando, le dio el pelo que usó para cortar las rejas.

– Nos vemos afuera. Y se despidió.

Con la cara desfigurada de dolor, azotando el pelo contra la pared, se acercó al pasaplatos y gritó – ¡Fuga!.