Amando || – Versión para narración oral

Por Liliana Etlis.

I-Las cartas y Lo que perdura.

Clarisa tenía una costumbre años después de su joven viudez, escribir cartas de pasión cuando tenía sensaciones de intenso deseo. Ese era su secreto más profundo.

 Ilusionarse desde que se le presentara una segunda oportunidad amorosa, Ernesto, y unirlas con las huellas de la memoria y su deseo. Esas noches, ella se sentaba a un costado de la mesita de madera y bajo la luz del candil encontraba tranquilidad con sus recuerdos, afinaba los detalles eróticos quienes se agigantaban como los molinos de viento. El clima que se creaba en el dormitorio era de intimidad, como también las hojas de papel satinado y la tinta azul de aquella lapicera pluma estilográfica. Iniciaba la carta escribiendo “Querido Ernesto…” y terminaba con un “te extraño” o un inolvidable “te sigo amando”, luego las guardaba en un cofre de marfil pequeño heredado de un familiar. 

Durante años quedaban protegidas las palabras y las sensaciones.

II-Quiénes son los personajes y la creación del vínculo amoroso

A Ernesto lo había conocido en la puerta del Jardín de Infantes de la calle Humahuaca, padre de un compañerito de su hija. Ambos los retiraban por las tardes, horario que separaba lo cotidiano del resto del día por aquellas seductoras miradas que hacían que sus ánimos cambiaran, llenando vacíos emocionales.

Él quedaba fascinado con un gesto: cómo Clarisa retiraba su cabello sobre el costado izquierdo dejando libre su ojo, le producía un cosquilleo en la boca del estómago, como si tuviese sed de amarla en ese momento en público, además su sonrisa y su voz lo contenía de pensamientos frustrantes. Hacía tiempo que se había divorciado, situación que le provocaba muchas inseguridades.

Ella sentía que su dispersión desaparecía cuando él acariciaba su mejilla, el tacto de su mano derecha la devolvía a su realidad.

 El saludo de cada encuentro era diferente, primer día saludo con la mano, segundo encuentro con beso en la mejilla y así iban sucediendo diferentes formas donde iban inventando un lenguaje propio.

Los encuentros dieron comienzo a una historia de caos, enamoramiento, sentimiento amoroso y pasión. Eran pasajeros de la vida, él tenía los ojos de ella y ella estaba con los suyos, llenos de los de él. Una filigrana de emociones, un encaje de seda entre pieles que se percibían desde la mirada hasta el tacto. Acordaron pasado unos meses, ir a una cabaña donde se amarían sin horarios ni otras miradas. 

IV. Tensión.

Entraron a la habitación, había una luz agradable que invitaba a despojarse de las incertidumbres que surgen a último momento. 

Ernesto la ayudó a quitar la ropa superficial ajustada a su cuerpo, luego bajó sus medias de seda en color natural y desabrochó un bodi de encaje con cintas aterciopeladas color carmín. Clarisa lo ayudaba a desabrocharse, al mismo tiempo, su camisa deportiva y los pantalones con bolsillos en los laterales. 

La desnudes es una fiesta al corazón, dijo Él en tono bajo. Ella asintió arrugando su frente. Hicieron el amor desde el pulso del corazón, desde sus latidos. 

Ernesto le susurró al oído la palabra SIEMPRE y Clarisa anudó su cuerpo, comenzó a creer que nada era para siempre. Esa palabra le desencadenó un torbellino de confusiones.

Intentaron continuar, pero…se reflejaba en ese pulso que no habían terminado de resolver historias anteriores como creían. Se miraron intensamente, se abrazaron entre las sábanas, lloraron de impotencia y se despidieron sin poder explicarse nada.

V-El paso del tiempo

Se deseaban a pesar del paso del tiempo, trataban de evitar palabras, pero las entrañas irrumpían en el anhelo. Cada uno se ilusionaba con momentos de pasión. Dejaron de verse al terminar el ciclo lectivo. Solo sentían pena y al mismo tiempo seguían apasionados en silencio.

Pasaron los años, tuvieron pequeños encuentros casuales después de dos décadas donde intercambiaron palabras telefónicas y muchas ganas de continuar aquellos lugares internos. 

Ella seguía escribiéndole cartas ocultas guardadas con mucho cuidado en su cofre de marfil.

Nuevamente dejaron de verse por problemas tal vez cotidianos, hijos, crianza, trabajo, malestares, soledades. 

………………………………………………………………………………………………………………….Ya habían pasado cincuenta años de aquella primera mirada en aquel Jardín de Infantes de la calle Humahuaca. 

Clarisa se enteró de los graves problemas de memoria que sufría Ernesto. Decidió ir en su búsqueda ciegamente y con la desesperación de encontrar la mirada del deseo nuevamente.

Se descubrieron añosos.

 Ernesto la trató como una extraña, luego le insinuó que le hacía recordar a la mujer de su vida por sus gestos, su nombre y su sonrisa. Clarisa comprendía con dolor, su desmemoria. Pasaron dos días, lo invitó a pesar de todo, a viajar juntos para ver el amanecer. Ernesto aceptó confuso, pero comienza a reconocerla por el brillo de su mirada.

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Se sentaron abrazados en un banco frente al mar y él colocó una caja con adornos de otras épocas, cerrada con una cinta color carmín. La abrió delante de ella y saltaron cartas que le había escrito durante las décadas de ausencias.

Liliana Etlis

Fotografía: sitio mymodernmet