Alta tiza

Por Sebastián Ruíz.

Me acuerdo la primera vez que fui a la capital. Porque, para nosotros, era “la” y “Capital”. No sé qué año era exactamente, pero sí recuerdo ser un guachín. Tampoco recuerdo específicamente a qué fuimos. Pero nada de eso importa.

Fue todo un acontecimiento: había que vestirse bien. Bueno, vestirse al menos. Mamá tardó más de lo normal, y hasta se puso un perfume que te dejaba tarado de la cantidad de alcohol que contenía. Arrancamos medio de noche, recuerdo. Fuimos en el auto de papá, un Citroën. Vaya uno a saber qué modelo era; pero tenía techo de lona.

La forma de adquirir ese auto fue un trueque: mi papá le arregló el auto a una señora y, a cambio, le pagó con otro. La primera vez que me fue a buscar a la escuela con ese auto, este tenía de asiento un balde y, si mirabas al piso, se podía ver la calle por algunos agujeros que tenía. “Son aeroventilas para ir más rápido”, decía siempre papá.

Cuestión que cuando emprendimos el viaje a La Capital, ya estaba a todo ritmo el auto: tenía asientos y los alambres necesarios para que camine. Mamá y papá adelante, con mi hermano Cristian que aún era pequeño y, atrás, mis hermanos Fatiga, Pachorra y yo. Éramos chicos, pero entrábamos con lo justo.

Por suerte no pasamos ningún control: creo que no teníamos VTV y los papeles al día te los debo. Lo primero que me llamó la atención cuando cruzamos a La Capital fue que mi mamá iba algo distraída, mirando mucho para por la ventana, pese a los escándalos que hacíamos con mis hermanos, apretujados atrás.

¿Qué pasa, má?”, pregunté con inocencia. “Que acá tiran cosas buenas”, respondió con altura, sin dar vuelta la cabeza para mirarme. Uh! Al toque, todos mirando para afuera, a ver si volvíamos con tele nueva o algún colchón con resortes. Cualquier cosa venía bien.

Entre los codazos que me daba con mis hermanos, buscando viajar un poco más cómodo, porque me había tocado en el medio, noté la cantidad de gente que andaba por la calle. Un día de semana y de noche.

Y volví a preguntar a mi mamá: “¿por qué hay tanta gente en la calle? ¿Habrá pasado algo?”

– “Y, es la capital, nene”, respondió otra vez con altura.

De más grande volví a La Capital. Me había quedado fascinado con aquella vuelta. Esta vez fui con mis amigos en colectivo. Hicimos investigaciones previas con la Guía T para saber cómo llegar a Palermo. Nos tomamos catorce colectivos. Ahora de grande, sé que el 55 nos habría dejado en la puerta. Me puse mi mejor pilcha, camisa blanca y bermudas. Me robé a mí mismo dos veces.

Cuando terminó la movida que fuimos a hacer, que quedará para otro día, yo deslicé un “eh, vamos a conocer el obelisco”. Al toque perrote, vamos. Le preguntamos a un diariero cómo llegar y nos dijo que era todo derecho, pero que tomemos un colectivo porque eran como sesenta cuadras. Ja, claro que sí campeón, si querés vamos en remis también, tiré mientras nos alejábamos. Fuimos caminando: ni plata para una Coca había. Sesenta cuadras. A los gritos. Cruzando mal la calle. La gente, nos miraba raro. Hasta que, por fin, allá a lo lejos vimos el obelisco. “¡Alta tiza, perro!”

Hoy vivo en La Capital. Esto lo escribo desde San Telmo. Lo que daría por volver al barrio y tomar una birra en la plaza del Cañón.