Alberto Fernández, ¿nuevo presidente del PJ?

Por Alberto Lettieri.

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El anuncio formulado este viernes por José Luis Gioja, Presidente con mandato vencido del PJ, sobre la determinación de las autoridades del Consejo Nacional partidarios de ofrecerle la presidencia del histórico partido al Presidente Alberto Fernández, en el contexto de la celebración del 17 de Octubre, ha generado respuestas contrapuestas.

Analizando la cuestión lo más objetivamente posible, puede plantearse del siguiente modo. Desde su fundación, tanto el movimiento peronista como el PJ aspiraron a expresar el interés común de la sociedad. Por eso Perón definió al peronismo como un movimiento de centro, diferenciándolo de las opciones eurocéntricas de izquierdas y derechas. Las condiciones históricas habitualmente impidieron la expresión de los afiliados al momento de definir las autoridades partidarias. En la actual situación, consideraciones estratégicas han llevado a sus autoridades a proponer como titular a un extrapartidario -que además preside otro partido-  para que lo suceda, clausurando así el proceso de renovación partidaria en curso, sobre las bases estatutarias que prevén la consulta de la opinión de los afiliados a través de un proceso electoral.

En este caso, la apuesta es más arriesgada que en otras ocasiones, ya que el extrapartidario propuesto se define como liberal de izquierda y socialdemócrata, más cercano a Bob Dylan que a las Veinte Verdades. Se referencia en Raúl Alfonsín y afirmó que los peronistas lo iban a odiar por declarar sus convicciones. Con una imagen y credibilidad declinantes, y una inestable relación con la vicepresidenta que lo ungió como candidato, el respaldo del PJ parece resultar indispensable para fortalecer su posición.

La pregunta del millón es la siguiente: ¿qué debe hacer un partido que en el pasado fue la garantía de gobernabilidad? ¿Convocar a un proceso electoral para legitimar liderazgos y definir un programa, emergente del debate correspondiente, lo que no sucede desde la década de 1980?  ¿O rodear al presidente para tratar de fortalecerlo, aunque hasta ahora haya sido escasamente consultado ese partido durante su gestión, para contribuir a preservar la estabilidad del Poder Ejecutivo?

Veamos los riesgos. La apertura de un debate interno podría profundizar el debilitamiento del Presidente de la Nación, en la medida en que podrían salir a la luz críticas y objeciones a su desempeño y a su figura.

Por el contrario, impedir el debate y la elección internos podría acercarle un salvavidas, pero conlleva el riesgo de incrementar la fractura interna y el malestar de muchos afiliados y militantes. Por no hablar del corte definitivo de puentes con amplios sectores del peronismo que ya tomaron distancia del partido durante la gestión Gioja.

La decisión es arriesgada, porque si se opta por apoyar al presidente, y los resultados no acompañan, el PJ va a ser arrastrado sin haber sido tenido muy en cuenta hasta el presente. Si, en cambio, ese apoyo anuncia un punto de inflexión en su tarea, el partido podría reafirmar su condición de garante de la gobernabilidad y promotor de los eventuales logros que pudieran alcanzarse.

Una de las cuestiones clave al momento de adoptar una decisión consiste en precisar en qué términos se lo va a promover a la presidencia partidaria. Elevado a la Presidencia del PJ, ¿el Presidente de la Nación integrará al partido a las instancias de toma de decisión y le asignará un papel destacado en su gabinete? ¿O bien se limitará a asumir este nuevo rol y continuará con el actual reparto de porciones de poder y los mecanismos de toma de decisión vigentes?

Y aquí, finalmente, aparece la cuestión de fondo. ¿El partido debe privilegiar la gobernabilidad de la Nación o la democracia interna? Es decir, ¿debe representar fielmente a aquellos actores y sectores que se incluyen dentro de su estructura, o éstos deben pasar a un segundo plano cuando el futuro de la Patria está en juego? ¿El éxito de un partido debe medirse por la efectividad en la acción, en sus realizaciones, o por su calidad democrática? Por último, ¿estas dos opciones son excluyentes? ¿Se impone aplicar la Realpolitik en un contexto extremadamente crítico, con la oposición y los poderes fácticos alentando el hundimiento institucional y con un sector del peronismo diagnosticando la anomia y propiciando como única salida una Asamblea Legislativa?

Perón definió una escala de prioridades: “Primero la Patria, después del Movimiento y por últimos los hombres”. Pero también sostuvo el precepto “con los dirigentes a la cabeza, o con la cabeza de los dirigentes”. La situación es ambigua. Muchos son los interrogantes y, hasta ahora, pocas las certezas sobre los términos de una propuesta que implica una movida decisiva, que sólo podrá ser legitimada por el éxito. ¿Pragmatismo o salto al vacío? Allí está el interrogante, con el destino de la Argentina como telón de fondo.