Agraviando la capacidad de asombro

Por Liliana Etlis.

Tenía sus huesos hinchados por el viento a favor.

El asombro acariciaba sus veinte años vividos, siempre tenía el optimismo como resonancia del arte y el humor, recursos que le habían transmitido amores cercanos en épocas de hambruna y otras urgencias. 

Exagerar gestos que provenían de la vida cotidiana, hacer animales domésticos con globos de colores, el uso de títeres confeccionados con amistades, las experiencias lúdicas que recordaba de aquellos años de distancia con su niñez, era una forma de sostener las ideas envueltas en papel de seda muy suave.

Sentía que solo por medio de las corporeidades podía llegar a resistir los embates de la violencia y el autoritarismo en años opacos donde por momentos, miraba su vida como si estuviese detrás de un vidrio en medio de una lluvia tenue.

Le dijeron que en el fin del mundo estaba la alternativa. Crear para enfrentar la hostilidad en no-lugares, aquellos donde el anonimato cobraba la estatura de gigante tenía una sonoridad especial, atractiva.

Primero fue en las Facultades, encontró en los ascensores y en los comedores, que luego las autoridades cerraran, espacios para el divertimento y la expresión. Inventaba cumpleaños y palabras que eran recibidas con asombro, discursos humorísticos, frases ficticias en idioma imaginario, onomatopeyas practicadas en aulas. 

Era muy difícil y divertido en sus adentros, en momentos donde la agresión se iba normalizando como también el mundo al revés, el silencio como saludable, la risa como lo antinatural, el abrazo y contacto con compañeros y otras prohibiciones frente al toque de queda. 

Lo natural era la tergiversación de toda acción concreta.

Continuó siendo un artesano de su propia vida. Pensó desgracias y amaneceres apacibles en sus sentires. Los senderos iluminados entre ideales y amores eran fiestas invulnerables.

Advirtió su piel con grietas potentes a pesar de sus profundidades y esbozó un gesto, una mueca que le decía al mundo bajo la forma de enigma, que se puede ir tejiendo otras intervenciones en aguas más profundas. Es allí donde uno se encuentra consigo mismo.  

Había dejado de ser niño y joven. Ahora, en presencia de presentes, no acudió a la esperanza sino a la memoria. Necesitaba recorrer su vida íntima desde un lugar desconocido y entrar en las oscuridades con el brillo propio de la experiencia. 

El misterio estaba dando lugar a la palabra, desarmando lo inasible.