Aberturas de las memorias

Por Liliana Etlis.

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Cumplir años es una fiesta compartida. Comenzaba por un balance abstracto y epistolar entre diálogos internos desordenados y caóticos, eran algunos sobre el origen del universo y poco a poco me iba acercando hacia las orillas del buen soñar y el buen vivir en épocas donde todo estaba teñido de un color suave y polifónico, cada color una frecuencia decía mi profe de física.

Allá por los setenta y pico, antes de que resquebraran ilusiones entre ellas el unicornio azul que también se me perdió, decía que en esas épocas de puchos particulares y rateadas secretas, fueron de riquezas nutrientes. Las recuerdo por la sucesión de imágenes que me vienen desde la memoria colectiva.

Había un elemento que llamaba mi atención, nunca coincidían los nombres de las materias de la secundaria con lo que vivía, nunca. Así Música pasó a llamarse en mis adentros Protesta porque el profe cerraba despacio la puerta del aula donde estaba el piano y comenzábamos a cantar canciones de la negra, Quillapayún, Victor Jara, Silvio y otros manjares hacia cualquier oído que se creía revolucionario.

En Literatura ya era la hora erotizante de las mujeres que cursábamos con Juancito, no sé si aprendimos algo porque solo observábamos cuidadosamente cada movimiento, siempre con luz propia. Iguales sensaciones tenían los varones con Amalia de Educación Democrática creo…se derretían ante cualquier síntoma como sonrisas dirigidas. Debates eran las clases de Lógica de nuestra querida Susana, quien colocaba una escalera en el patio del colegio ante cualquier requisa de la cana, para que los delegados salten al otro lado del muro y pudieran salvarse.

Amores, pasiones y libre albedrío se fueron entrecruzando con el armando de una calidez y una tibieza singular, donde sabíamos que las diversidades de ideas eran sagradas. No teníamos los mismos orígenes ideológicos, pero queríamos otra vida y buscábamos a través de las conversaciones qué mundo queríamos habitar.

Décadas más tarde nos reencontramos muy pocxs de nuestra comisión, se colocaría ese día una baldosa por nuestros compañerxs desaparecidos y asesinados y además se haría una ceremonia donde se entregaría a los familiares lo que quedó en la Institución de cada uno, dibujos, carpetas y no recuerdo qué más.

En la entrada del Integral había muchos ex estudiantxs, en la pared de la izquierda mirando hacia adentro dos placas, una del negrito Avellaneda que con 14 años lo llevaron junto a su madre e imaginarán lo que pasó en la de Villa Martelli y otra placa donde estaban los nombres de mis amigxs y compañerxs que debatíamos detrás del quiosco del cole si el país necesitaba socialismo nacional o qué otro tipo de sistema.

Los nombres y apellidos nos daban desde las placas la bienvenida, nos saludábamos con lágrimas y nos comunicábamos ya con toda la energía del mundo entre las manos.

En la ceremonia Alicia recibió el sobre del Negro, su hermano desaparecido. Estaba al lado cuando abrió ese pliego que el Integral había preparado desde el amor, esos gráficos ubicados cuidadosamente para que no se rompieran ni deshiciesen ninguno de ellos.

Dentro de los silencios entre ambas, percibí el llanto y la alegría del encuentro a través de un abrazo mediado por dibujos, ella acariciaba con sus dedos el papel y el Negro a ella a través de un gráfico que había hecho hacía más de 40 años. Se contaron vicisitudes en ausencia de cuerpos y rieron. A través de su ojo derecho pude ver cómo Alicia tenía gotas densas de lágrimas que había atesorado en décadas interrogando al mundo por qué sucedieron, así las cosas. Se preguntó el sentido de la falta y sobre la afonía colectiva.

Otro recuerdo que activó mi memoria por la sensación del aroma de los naranjales, fue la de aquella noche buena donde en plena dictadura de los 60 y pico, nos juntábamos en la casa de los compañerxs de lucha y amigxs de mis padres.

Estaban presente Clemente, era el griego que enseñaba a bailar Zorba tomados del hombro en ronda.  Con pasos desconocidos, él, quién llegó como refugiado político desde una de las dictaduras más crueles, se había casado con una salteña que tenía unas manos también anchas como los abrazos colectivos, contaba que el griego acunaba a todxs y en mi diálogo interno sentipensaba que revivía el lugar de su procedencia.

También estaba Manolo corrido por la guerra civil española. Siempre decía que había que mirar las manos de las personas para saber si trabajaban y que nunca fallaba esa caracterización, mirada anterior a la de los ojos.

Camilo que venía del norte ancestral y así sucesivamente, se iba conformando la verdadera familia, esa donde el lazo sanguíneo era menos importante que el lazo social como nos hizo creer la cultura dominante.

Pasaron los tiempos en sentido sensible, entre desapariciones, exilios, cantos, zorba, risas, vino y amores apasionados.

Anoche durante la vigilia, un estado entre el sueño y el despertar de alguna idea moviéndose por algún lado de mi cuerpo, imaginaba a la Patria Grande bailando un Zorba diverso y genuino.

Tantas migraciones, tantos sentidos enlazados, tanta amorosidad en las miradas que tal vez, algún día se forme una ronda de abrazos.