A mí nadie me regaló nada

Por Delia Sciascia – Representante Casa África en Rosario.

Un domingo fui a Kibera. Quise visitar a mi amigo Olang. Yo le había prometido ir, cuatro años atrás, y desde ese momento me estaba esperando. Crucé el océano para ir a verlo. Me acompañó otro amigo: Robert. Porque en Nairobi, las calles son muy diferentes, y seguramente me iba a perder. 

Llegamos a la última calle polvorienta por donde transitaban autos y buses, y ahí estaba Olang. Él me mostraba con tanto entusiasmo su barrio, el slum más grande y más pobre de África del este,  que generó en mí unos sentimientos extraños: por un lado la alegría de encontrarlo a mi amigo, por el otro, ver las condiciones en que vivían casi 2 millones de personas en ese lugar. Calles con enormes cantidades de basura por todas partes, casas muy precarias de barro, otras de chapa, gallinas, cerdos, perros bebiendo agua estancada. Nadie en Kibera tiene agua de red. Ni baño adentro de su casa (el baño es público, un agujero en el piso, a compartir entre los vecinos por zona).  Todos están “enganchados” de los cables de electricidad que pasan por la calle, pero todos tienen que pagarle una tarifa a quien los engancha. Es eso, o no tener electricidad.

Como era domingo, día de ir a la Iglesia, las mujeres lucían hermosos vestidos y los hombres pantalón de vestir y saco. ¿Cómo era que mis zapatillas estaban tan llenas de barro y las de estas personas estaban impecables? Algo que nunca sabré. 

Pasamos caminando por una de las iglesias evangélicas del barrio, la gente cantaba. Entramos a un cine improvisado en una habitacion de chapa donde se podian ver los partidos de futbol del domingo. Conocí a los amigos de Olang que íbamos cruzando por la calle. Todos tenian sueños, todos proyectaban negocios, y todos tenían que ir a buscar el agua en bidones para cocinar, bañarse y beber. Inmediatemante pensé en la frase que siempre escucho de quienes tenemos el privilegio del que ellos carecen : “a mí nadie me regaló nada”.

Olang estaba muy feliz con la camiseta de futbol de Argentina que le llevé. Es educado, con buenos modales y me contaba sobre su familia. Olang terminó la secundaria, pero no puede ir a la Universidad. NO solamente porque no es gratuita en Kenya, sino porque tiene que trabajar y es imposible hacer ambas cosas en Nairobi. Las distancias son enormes y el dinero no alcanza. Tiene que trabajar para pagar el alquiler de la casa con paredes y techo de chapa. Y para pagar su ropa – que compra de segunda mano – y su comida. 

Vuelvo a pensar en cuántas personas dicen “a mí nadie me regaló nada”. Cuál será el verdadero siginificado, la profundidad de “nadie me regaló nada”, cuando hemos tenido como en mi caso, la enorme fortuna de nacer en un hogar de clase media, de ir a una escuela y darnos en lujo de decidir si queremos seguir la universidad o no, de comer una comida o la otra, de vivir en la casa que heredamos de nuestros padres, y ellos de nuestros abuelos, de abrir la canilla y llenar la pava de agua para el mate,  o darnos una ducha. 

A esas personas  en Kibera nadie les regaló nada, eso es seguro. Ni antes ni ahora. 

Al final de la tarde, caminamos de nuevo hasta la calle semi pavimentada, polvorienta. Muchos niños pasan con los bidones donde llevan el agua. 

Olang sueña con salir de Kibera, con irse a cualquier lugar que le permita trabajar para algo más que para pagar el alquiler de una casa con paredes y techo de chapa. Cuando era un adolescente, soñaba con ser jugador de futbol.  Ahora se conforma con un lugar con agua de red y baño propio. 

Nos despedimos y el abrazo que nos dimos, se quedó para siempre en mi corazón.

Y yo sigo pensando…  a esas personas en Kibera, sí que nadie les regaló nada. 

A nosotros, en cambio, nos regalaron oportunidades.