17 de octubre: Punto de partida

Maximiliano Rusconi.

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Hace un tiempo que algunas y algunos venimos describiendo y alertando sobre lo que ha vivido nuestra sociedad en términos de destrucción republicana y del Estado de Derecho, con especial intensidad, entre los años 2016 y 2019.

No hay que cansarse de repetirlo: denuncias falsas realizadas por diputadas especialistas en la extorsión pública, manipuleo ilimitado de la garantía del Juez natural y de la imparcialidad judicial a través del mecanismo del Forum Shoping, multiplicación de denuncias idénticas destruyendo la garantía del derecho a no ser juzgado más de una vez por el mismo hecho (Ne bis in ídem), extorsión clandestina, en violación de la ley, a supuestos co-imputados para obligarlos a declarar en contra de los líderes de un sector político determinado y armado de conspiraciones de inteligencia interna y/o judicial para condicionar y torcer las declaraciones e informes de testigos y peritos.

Para quien crea que el listado recién expresado es exagerado, debo romper rápidamente esa ilusión y decir que, en verdad, es todo lo contrario: lo he resumido de modo arbitrario.

Me había olvidado del uso ilegítimo y selectivo de la prisión preventiva y se me pasó hacer referencia a la persecución penal a los familiares de los líderes políticos para lograr cierto ablande y obligarlos a mentir en perjuicio de otros líderes más emblemáticos.

También me distraje y casi me olvido de una Oficina Anticorrupción que en boca de su particular conducción confesó que no iba a presentarse como querellante en denuncias contra funcionarios del gobierno al cual (la no abogada) le debía su irregular proceso de nombramiento en ese cargo.

Incluso, en el barullo de indignación, casi omito recordar que los dos jueces de la Corte Suprema de Justicia nombrados por el anterior Poder ejecutivo lo fueron por decreto (violando la Constitución) y, los dos, aceptaron llegar de ese inmoral modo al máximo tribunal.

Pero sería injusto que me concentre en ellos dos cuando el presidente de la Corte en ese entonces (designado por el gobierno anterior) se autoadjudicó el raro mérito de haber “armado” un Tribunal acorde las las exigencias sociales que demandaba el caso de la tragedia de Once que, como todos recordamos, terminó en tiempo récord en una escandalosa condena en el primer juicio y en una arbitraria media condena en el segundo juicio.

Eran tiempos en los que incluso el presidente de la Corte Suprema de Justicia no dudaba en sacarse fotos legitimadoras con el peor juez federal que recuerde la triste historia del sistema judicial en toda la vida de nuestro país.

Pero, claro, no puedo culminar este listado sin dedicar un párrafo a las tareas de contra-inteligencia que se autoadjudicó la diputada Carrió no sabemos con qué dosis de impunidad, ignorancia o cinismo.

Aunque nada de todo esto ocultará que jueces de cualquier competencia, función y jerarquía eran colocados en los lugares políticamente estratégicos sin más trámite que alguna carta al ministro de entonces en la cual el candidato, por supuesto de modo increíblemente casual, hacía catarsis personal y confesaba que a su aburrida carrera le vendría fenómeno un cambio que, por esas mágicas coincidencias, sería sistémico y simétrico, con la vacante a cubrir. Los fallos posteriores irían a confirmar la suerte del gobierno de turno que se vería beneficiado cada vez que jueces inquietos se transformaban en jueces más que amigables.

Claro que no podría terminar este listado propio de una saga de películas de terror sin recordar el constante disciplinamiento que ejercía sobre los jueces independientes el poder ejecutivo que comenzaba con un reto del presidente luego del fallo díscolo afirmando que “eso no era lo esperado” y que culminaba con un traslado o la directa y extorsiva obligación a renunciar del magistrado que se había alzado contra el verticalismo fachista.

Este 17 de octubre a muchos argentinos les recuerda el valor de la lealtad, pero a muchos otros que han sufrido particularmente el disvalor de la injusticia y la privación de derechos esenciales, también debe recordarles la necesidad de que así como el daño en sus carnes y almas se ha producido por caminos políticos, jurídicos, de inmoralidad y cobardía institucional, la reparación de ese daño deberá surgir de lo que provean los caminos político, jurídicos, de dignidad y valentía institucional. NI UNO MENOS.