10 Años de la Ley de Matrimonio Igualitario

Por Ernesto Rodríguez Larresse y Alejandro Vannelli. Primer pareja que ejerció el derecho al matrimonio igualitario en la C.A.B.A.

El 15 de julio del año 2010 en una fría madrugada de invierno, se aprobaba en la Cámara de Senadores, la que se dio en llamar Ley de Matrimonio Igualitario. En una ajustada votación (33 a favor, 27 en contra) el Congreso Nacional sancionaba el reconocimiento de un derecho que incluía y dignificaba a cientos de miles de argentines y a sus familias homoparentales, equiparándolos con sus compatriotas y rescatándolos de la situación de ciudadanos de segunda que padecieron hasta ese momento.  Una semana después, la ley es promulgada por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner quien, en un acto en Casa Rosada, plagado de alegría y emoción, manifestó que “Ésta ley viene a reconocer un derecho que hará más felices a miles de argentinos, sin que eso signifique que otros argentinos pierdan los suyos”.

Hoy, a diez años de aquella maravillosa jornada, podemos decir con orgullo que nuestra sociedad ha avanzado hacia la igualdad y la felicidad.  Convirtiendo a nuestro Pueblo en uno de los más avanzados y evolucionados, no solo del continente americano, sino del mundo entero.

En honor y conmemoración de aquellas jornadas, dejamos aquí el mensaje que elaboramos en ese momento para contribuir a la generación de conciencia en la población acerca del flagelo de los prejuicios sobre la diversidad sexual.

¿Cúal es la enfermedad?

Cuando falta calor, experimentamos una sensación desagradable a la que llamamos frío. Cuando falta luz, a esa sensación, la llamamos oscuridad. Y cuando falta amor, la llamamos miedo.

Es así como la ley de la física, que dice que todo en el Universo tiene su opuesto, encuentra en el calor, la luz y el amor, tres importantes excepciones a esa regla, ya que frío, oscuridad y miedo no tienen entidad propia porque no son opuestos sino la falta del elemento que las origina. Existen por default.

Frío, oscuridad y miedo son entonces, solo percepciones subjetivas y dependen de quienes las experimentan.   En el caso específico del miedo, es la menos objetiva de las tres, dado que remite a una percepción psico-emocional, producida por la falta de ese sentimiento, de esa experiencia, de ese estado del Ser al que llamamos amor.

La palabra AMOR viene del latín AMORTE que significa “sin muerte”. Donde hay amor, no hay muerte.   Cuando hay muerte es porque se produce un vacío de amor, o sea: miedo. El miedo engendra, entre otras cosas: muerte.

Miedo, en griego, se dice ‘phobos’ y en Castellano derivó a fobia. Es así que fobia, pánico o miedo, son palabras que se utilizan para describir una vasta cantidad de enfermedades relacionadas a la percepción subjetiva de las personas que las padecen. Cualquier fobia entonces, es una enfermedad o al menos un desorden o un desequilibrio o una desviación de la percepción, siempre subjetiva, de la “realidad” que rodea a quien la padece.

Cabe preguntarse entonces:

¿Qué culpa tienen los ascensores por la reacción neurótica del que sufre de claustrofobia?

¿Qué culpa tienen los aviones por aquel que sufre de aerofobia?

¿Qué culpa tiene la tormenta por aquel que sufre de brontofobia?

¿Qué culpa tiene la plaza pública o el paisaje por el que sufre de agorafobia?

¿Qué culpa tienen los insectos por el que sufre de aracnofobia?

¿Qué culpa tienen el turista y el extranjero por el que sufre de xenofobia?

Y por último… ¿qué culpa tienen los homosexuales por el que sufre de homofobia?

El problema de salud, por lo tanto, no lo tiene el elemento o persona que genera la fobia, sino quien la experimenta desde su subjetividad.

Quienes, en la oscuridad de sus fobias y su desviada percepción, arremeten contra los homosexuales, ignoran que eso mismo que rechazan, existe y vive también dentro de ellos.

“En cada ser humano, viven todos los seres humanos”, decían los griegos para explicar el fenómeno de la catarsis. Aquello que rechazas en mí, primero tuviste que rechazarlo en vos. Es una ley sin excepción.

En este punto, reitero entonces que el odio (fobia) es hijo del miedo que, a su vez, es la falta de Amor. El Amor es lo único que puede cubrir el vacío que les genera ese miedo, esa fobia hacia aquellos a los que la Naturaleza ha dotado de la singular cualidad de tener su libido, orientada hacia personas del mismo sexo. Por eso decimos que la homosexualidad, al igual que la heterosexualidad, la bisexualidad o cualquier otra de sus variantes, es natural y por tanto necesaria en el orden cósmico.

La sexualidad, en cualquiera de sus formas, trasciende al individuo. No se elige. No es una opción. Simplemente nos pasa… nos sucede… Y es así como un día descubrimos que nuestras hormonas se activan y nos hacen hacer cosas que apenas podemos manejar ante la presencia de alguien que nos atrae. La única diferencia es quién nos atrae y a partir de ahí clasificamos, etiquetamos, rotulamos con nombres que después provocan miedo, pánico, separación… secta.

Las sectas –cuyo significado es ‘corte’, ‘separación’– siempre han tenido como objetivo crear la ilusión artificial del “ellos” y “nosotros”: “Ellos los musulmanes, nosotros los cristianos”, “ellos los cristianos, nosotros los judíos”, “ellos los budistas, nosotros los musulmanes” … y así sucesivamente. Esta práctica siempre logra el mismo objetivo: La separación. Y siempre se apoya en la misma herramienta: el miedo. Un miedo es infundado que ya lo hemos visto mucho en nuestra historia: Cuando se creó el Registro Civil, cuando se instaló la enseñanza pública, gratuita y laica, cuando nuestras mujeres conquistaron el derecho a votar o cuando se promulgó la ley de divorcio vincular. Siempre el mismo miedo, siempre los mismos y remanidos argumentos, siempre el mismo pensamiento dogmático y prejuicioso que te muestra una realidad parcializada y te impide opinar con libertad de criterio. Siempre el velo del dogma, nublando y condicionando el libre albedrío, la libertad de pensamiento y razonamiento… la libertad de sentimientos… ¡la Libertad!

Y lo primero que un fóbico debe asumir es que padece la enfermedad porque es el primer e ineludible paso para empezar a curarla. Ninguna terapia sería posible si no sobreviene antes, la concientización de estar enfermo.

La homofobia tiene cura, y el antídoto se llama Amor. Así, con mayúscula. Amor que, en su infinita variedad de formas y manifestaciones, produce la maravillosa alquimia de los cambios. Y esos cambios traen siempre (aunque no lo podamos apreciar) mayor Evolución, mayor Libertad y mayor Igualdad para todes.